Es abril.



Conociendo las veces que he dicho no, he dicho sí, a veces un tal vez y de vez en cuando un adiós, tomé la prevención de salir hoy de mi casa sin tapujos, nada de corazas ni pedazos de escombros sobre el hombro.

Me levanté de la cama bostezando a media voz, casi como un susurro esperanzado. Piso dos veces el suelo frío... izquierdo... derecho, mis dos pies sobre él, inertes, paralizados por lo ártico de la baldosa. Y es que tener el aire encendido 3 días en la oscuridad, equivale a sumar 3 veces invierno.
Estiré cada uno de mis huesos, los fui turnando. Primero la espalda y su columna, vertebra a vertebra, inclusive pude sonar la que dolía desde hace años. Eso, fue un presagio, como una buena suerte de suerte. Se me enderezaron los tornillos flojos de mi máquina. El cuello sonó como cuello y los dedos de las manos, que llevan siglos sin tocar, sonaron como piano.

Al parecer nada podía salir mal, inclusive el café esta vez no se ahumó, ni el timbre sonó, tampoco el baño se tapó. Visité a mi gato que vive detrás de la casa, y dormía, no pidió agua ni comida, todo un milagro de la naturaleza.

Del piso recogí el jean, el mismo con el que decidí salir a caminar. Zapatos sucios, como siempre, camisa arrugada, cabello largo, imagen borrosa del pasado.

Resulta que en el camino de la sala a la puerta principal, tumbé recuerdos, fotos personales e impersonales, recuerdos de aquella, y algunas otras promesas. Sin querer, hice un desastre tumbando un matero en donde aún quedaban lágrimas con las que regaba la flor, esas lágrimas no las recogí, desde que tocaron el suelo, en ese instante, dejaron de ser mías. Cuando el gato tenga sed, dije...
Me topé de frente con una foto de mi padre, colgada justo detrás de la puerta. Le dí la vuelta evitando que me diera la espalda y me sonrío.

Al llegar a la puerta principal me di cuenta que era abril, y el sol estaba presuroso. La imagen de una divina especie afrodisíaca me invadía la vista, era Cecilia, la del día anterior. Una pequeña muchacha que disimula pecas y sonrisas, esas últimas las reserva para el ocaso. Tiene las manos delicadas, igual que su piel. Es alérgica al mundo y por eso se refugia en su universo. Ella dice que ha aprendido a vivir, y es irónico, esta mañana decidí muchas cosas, entre tantas otras, decidí vivir también... vivirla, sobre todo vivirnos.

Por alguna razón la suerte llego de suerte, de golpe.


Hoy, ya no soy yo... sólo estoy viviendo.

Comentarios

Entradas populares